Buenos Aires, 24 de Junio
No importa lo que digan los alquimistas fraudulentos. Cualquiera sabe que la fecha es hoy.
Un muchacho.
Manuel Mandeb se encerró en su pieza un rato antes de la medianoche. Dispuso unas velas, inhaló unos vapores mefíticos, pronunció unas palabras sin sentido y esperó.
Después de un rato largo, si ha de creerse en su testimonio, apareció su padre, el viejo Antonio Mandeb, que llevaba muerto más de diez años. Vestía uno de los sobretodos de Manuel y había elegido para la ocasión una sonrisa pícara, la misma que exhibía en la vida cuando traía golosinas sorpresivas.
Conviene pensar que se abrazaron con gran emoción. Después de algunas frases de enorme cariño, el viejo Mandeb cambió de tono.
-Todo está muy lindo, pero la verdad es que no soy otra cosa que el resultado engañoso de esos vapores de mierda que te recomendaron los magos.
El hijo se atravió a discrepar.
-Oh, padre amado. He esperado mucho tiempo este reencuentro y no dejaré que lo estropees con tu descreimiento cerril.
-No hay tal reencuentro. Soy tan solo una idea tuya, una construcción de tu mente, una comodidad de rasgos que has elegido para mi.
-No otra cosa eras en vida. Además creo que me has enviado unos anónimos. La letra es parecida.
-La letra es parecida a cualquiera.
-Estoy seguro de que querías transmitirme un mensaje.
-El mensaje que traigo del más allá es que no hay más allá. No nos encandilemos por unas velas de dos pesos. Claro que me gustaría ser lo que crees que soy. Pero si en verdad fuera tu padre trataría de convencerte y no de disuadirte como estoy haciendo.
Manuel dijo en voz muy baja:
-Pero yo te amo mucho, padre.
El viejo Mandeb flotó por el cuarto con impaciencia.
-Podrías ponerme a prueba -dijo, -Hay cosas que solo tu padre podría saber: fechas, poemas, viajes. Mi ignorancia te convencerá.
Manuel pegó un salto y le gritó en la cara.
-¿Como empieza el tango Ivette?
-En la puerta de un boliche... Eso lo sabe cualquiera.
-¿Quien era el Pichicarlitos?
-Un quinielero. Es tu memoria la que contesta. La pregunta correcta es la que alude a algo que solo tu padre podría conocer... Pongamos por caso el número del documento de identidad.
Manuel se entusiasmó.
-Es una buena idea. Jamás supe el número de tu libreta de enrolamiento... Y es un dato que puedo verificar más tarde.
-Pues bien -dijo el padre-, No conosco ese número.
-No es posible -Manuel estaba desolado- ¿Y si dijeras un número cualquiera? Tal vez lo sepas sin saberlo.
-Está bien.
Don Antonio Mandeb recitó una cifra que su hijo anotó y que luego resultó corresponder al abono del ferrocarril del propio Manuel.
-Debo despedirme -dijo el padre y se esfumó, o quizá salió por la ventana, o quizá bajó las escaleras haciendo flamear el sobretodo de Manuel, o quizá se acostó a dormir y lloró bajo las cobijas.
O quizá tomó una lapicera y escribió: nadie regresa.
Alejandro Dolina
No importa lo que digan los alquimistas fraudulentos. Cualquiera sabe que la fecha es hoy.
Un muchacho.
Manuel Mandeb se encerró en su pieza un rato antes de la medianoche. Dispuso unas velas, inhaló unos vapores mefíticos, pronunció unas palabras sin sentido y esperó.
Después de un rato largo, si ha de creerse en su testimonio, apareció su padre, el viejo Antonio Mandeb, que llevaba muerto más de diez años. Vestía uno de los sobretodos de Manuel y había elegido para la ocasión una sonrisa pícara, la misma que exhibía en la vida cuando traía golosinas sorpresivas.
Conviene pensar que se abrazaron con gran emoción. Después de algunas frases de enorme cariño, el viejo Mandeb cambió de tono.
-Todo está muy lindo, pero la verdad es que no soy otra cosa que el resultado engañoso de esos vapores de mierda que te recomendaron los magos.
El hijo se atravió a discrepar.
-Oh, padre amado. He esperado mucho tiempo este reencuentro y no dejaré que lo estropees con tu descreimiento cerril.
-No hay tal reencuentro. Soy tan solo una idea tuya, una construcción de tu mente, una comodidad de rasgos que has elegido para mi.
-No otra cosa eras en vida. Además creo que me has enviado unos anónimos. La letra es parecida.
-La letra es parecida a cualquiera.
-Estoy seguro de que querías transmitirme un mensaje.
-El mensaje que traigo del más allá es que no hay más allá. No nos encandilemos por unas velas de dos pesos. Claro que me gustaría ser lo que crees que soy. Pero si en verdad fuera tu padre trataría de convencerte y no de disuadirte como estoy haciendo.
Manuel dijo en voz muy baja:
-Pero yo te amo mucho, padre.
El viejo Mandeb flotó por el cuarto con impaciencia.
-Podrías ponerme a prueba -dijo, -Hay cosas que solo tu padre podría saber: fechas, poemas, viajes. Mi ignorancia te convencerá.
Manuel pegó un salto y le gritó en la cara.
-¿Como empieza el tango Ivette?
-En la puerta de un boliche... Eso lo sabe cualquiera.
-¿Quien era el Pichicarlitos?
-Un quinielero. Es tu memoria la que contesta. La pregunta correcta es la que alude a algo que solo tu padre podría conocer... Pongamos por caso el número del documento de identidad.
Manuel se entusiasmó.
-Es una buena idea. Jamás supe el número de tu libreta de enrolamiento... Y es un dato que puedo verificar más tarde.
-Pues bien -dijo el padre-, No conosco ese número.
-No es posible -Manuel estaba desolado- ¿Y si dijeras un número cualquiera? Tal vez lo sepas sin saberlo.
-Está bien.
Don Antonio Mandeb recitó una cifra que su hijo anotó y que luego resultó corresponder al abono del ferrocarril del propio Manuel.
-Debo despedirme -dijo el padre y se esfumó, o quizá salió por la ventana, o quizá bajó las escaleras haciendo flamear el sobretodo de Manuel, o quizá se acostó a dormir y lloró bajo las cobijas.
O quizá tomó una lapicera y escribió: nadie regresa.
Alejandro Dolina

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